Por Juan Esteban Gómez – The Players Academy
Cada fin de semana, las canchas se llenan de padres y madres alentando desde las tribunas. A primera vista, parecería un gesto noble: acompañar a sus hijos en el camino del deporte. Pero si observamos con atención, notamos algo que va más allá del simple apoyo.
Los gritos ya no suenan tan alentadores. Cada vez son más fuertes, más cargados, más intensos. Se dirigen al entrenador, al árbitro… y muchas veces, tristemente, al propio niño. Gritos que, en el lenguaje popular del fútbol, podríamos llamar “bajando caña”, pero que, en el fondo, reflejan algo más profundo.
Escuchar esos gritos es como escuchar la voz de una frustración no resuelta. Como si detrás de cada orden o reproche se escondiera un mensaje silencioso: “Yo no lo logré, ¡hazlo tú! Tú sí puedes, y voy a hacer todo para que consigas ese sueño que yo no fui capaz de alcanzar.”
Y ahí es donde necesitamos hacer una pausa y mirarnos al espejo.
Papá, mamá: ¿vas a la cancha para alentar a tu hijo? ¿Para enseñarle los valores del deporte, la disciplina, el respeto, el trabajo en equipo? ¿O estás llevando a ese niño que aún vive dentro de ti, frustrado, esperando que otro logre lo que tú no pudiste?
El deporte puede ser una herramienta maravillosa para formar seres humanos íntegros, felices y conscientes de su valor. Pero solo si lo vivimos desde el amor y no desde la proyección.


